Cine Migrante

Por M.Pilar Gesualdo

Esta semana comienza el tan esperando Ciclo de Cine Migrante, del 12 al 20 de Septiembre, totalmente gratis en diversas salas cinematográficas. Pueden ver la agenda completa en el siguiente link  http://www.cinemigrante.org/. Este año el ciclo gira en torno a la sección central  “Las vidas negras importan”. Además de ofrecer una selección de películas de más de 35 países, las actividades se articulan con masterclass, charlas y conciertos.  Creo que en tan delicado momento político y cultural que nos toca atravesar, son importantes estos espacios de formación y reflexión.

Aquí dejo un escrito que era de mi intimidad, pero que ahora es público. Lo escribí el año pasado, tras asistir a la inauguración y  ver la función de apertura donde se proyectó el documental “Les Sauteurs” (2016)

Les Sauteurs, de atrás para adelante.

      De atrás para adelante. Salgo por Rivadavia, oscura como siempre. Una sensación de bienestar y soledad fingida. A la vuelta está el bar de los colombianos, a ver si esta vez tienen el plátano frito.

No.                                                                                        

      Hay solo cerveza chica Quilmes, ya aumenté el estándar de vida y tomo Heineken (o eso me hizo creer el kirchnerismo, dicen algunos) entonces prefiero agua.                                              

       Se acerca un señor y pronuncia “yo me voy a comprar una grande, querés compartirla conmigo, no me la voy a tomar toda”.  Digo no, porque siempre digo no a las cosas. Me alejo, lo miro. Un tipo canoso, no entiendo su edad, tiene una remera de “the wall” y abre la cerveza. Le pega un sorbo y las gotas de sudor vuelven a su lugar, y yo me tiento. Empiezo a pensar por qué no, por qué no, “no tengas miedo de hablar”, me digo. Voy, le pregunto a la cajera cuánto esta la grande, “80 pesos”.  Me fijo si tengo exacto para darle directo. “Hola, me arrepentí, te vi y me arrepentí, toma acá tengo la mitad”. “No, no quiero”, me dice. Pero entiende que su caballerismo, al menos conmigo, no llega a ningún lado y me los acepta. Me sirve en el vaso, comienza la charla.

      Con Ricardo, los dos venimos del mismo lugar, acabamos de ver el comienzo del ciclo de cine migrante. El me cuenta que es profesor de historia, me inhibo más y pienso en todos los baches que tengo, en el de recién. No sabía el conflicto fronterizo entre el norte de África y la Unión Europea. No sé tantas cosas y se lo confieso, y en el medio hablamos. Yo bebo la cerveza muy rápido y el también. Dice que está acostumbrado a ver mujeres beber rápido, ya que vivió diez años en Alemania. Le pregunto al respecto, hablamos y por momentos pienso que me da mucho calor, que me voy  a desmayar. Y le cuento todos mis miedos con mucha prisa.

      En la película Sidebé, es el personaje principal y a su vez el cameraman, a quien  dos cineastas le obsequian una cámara para que sea él quien ponga REC en el momento necesario.  

      Está en el Monte Gurugú,  comienza su propio recorrido. Muestra a sus pares, una primera reflexión, una introducción de sus vidas. A lo largo del tiempo va tomando el control de las cosas, primero intimida a un compañero durante el baño, cómo se refriega el cuerpo, el pudor de ser filmado. Las conversaciones acerca de qué día van a atravesar el alambrado, las formas de adaptar el circuito y el calzado, la destrucción generada por la policía, los juegos de fútbol. La alegría de los días, los pensamientos de la noche. La voz en off y un atardecer de reflexión continua, y la muerte, siempre la muerte. Y ahí está Sidebé dándole forma a todo, contando su vida con poesía plena: “Cuando miré el mundo a través de una cámara, percibí los alrededores de una manera diferente. Empecé a disfrutar de crear imágenes. De a poco encontré una belleza en ello, empezó a tener significado para mi, empecé a expresarme a mí mismo con imágenes, siento que existo cuando filmo”.       

      Intercaladas en el film, las tomas de una cámara de seguridad lo enfrían todo, un blanco y negro difuso desdibuja todas las imágenes y vuelve tumulto a miles de personas. No puedo creer que sea real.

     Terminamos toda la cerveza con Ricardo, me voy, me estiro toda la barra para darle un beso. Doy toda la vuelta. Regreso, no me puedo ir sin más, le acerco un papel y una lapicera, me pasa su contacto, lo abrazo. Tomo el 151, un servicio casi  puerta a puerta del Gaumont hasta casa. Pienso en todo lo que hablamos, en los pensamientos, en su “dale, sos muy curiosa”.

      Todo se puede construir, todo lo que nos dan es una herramienta para hacer. Sidebé descubrió algo de su persona a través de un dolor, dio forma a sus días, narró su cotidianeidad con sabiduría interior.

Qué bueno que me animé a hablar, qué bueno que vine.

      Sidebé existe cuando se filma, se da forma y figura, cuando en las imágenes hay límites, límites de personas individuales y respetadas como tales. No limitaciones geográficas, ni definiciones de una cámara de 32 píxeles que solo data y delata.

      Sidebé es persona, yo también. De hoy,  en adelante.