No me voy a dejar morir completa

Cuántas veces matamos todo lo que somos y cuántas veces dejamos morir parte de nosotros, dejando que todo siga así.

Texto // Pilar Gesualdo
Ilustración // Sofía Costantino

Era de noche, o apenas de madrugada. No pude diferenciar bien el momento en el cual mi prima tocó la puerta. Desde que me había acostado el domingo, tuve una hilera de microsueños seguidos. El último, fue el que provocó el desenlace de todos los pensamientos.
Venía mi abuelo, mi último abuelo, amorfo, como parece que es el espíritu de los muertos. Y se empezaba a meter por mi cuerpo, me tomaba entera desde la planta del pie e iba subiendo lentamente trepando hasta los tobillos. Yo lo podía sentir, como un frio que iba por adentro del hueso pero también por dentro de los músculos, atrás y adelante, al mismo tiempo, entre las carnes y los tendones, completa. Con la sensación, y el segundo en el que me detuve a pensar lo que sucedía, me vi en mi pieza, en la que duermo, en la de ahora. Y mi abuelo sin ser mi abuelo, una esencia de él, es lo que sigue subiendo hasta mis rodillas y yo no me niego. Pero todo esto me paraliza. Hago un esfuerzo por despertarme, hasta que mi prima toca la puerta de mi habitación. Todavía temblorosa y con el espíritu en las rodillas, me despierto.
En Pereña, en la década del 20´, una mujer anciana reposa en su cama para enfrentarse a su destino. La amiga de mi abuela, la Lupe, contaba la siguiente historia:
Ella y sus hermanos cuidaban de su madre que hacía varios meses ya estaba en cama. Un día parece que estaba la Lupe sola y la madre le pidió un té bien calentito. Al llegar Lupe con la taza, la madre la sentó a su lado y le dijo “hija mía, la muerte me está tomando los pies, y ahora los tobillos, las rodillas, sube por mis muslos, el estómago, mi pecho, está por el cuello. Hija, la muerte me ha tomado”. Y así como si nada cerró los ojos y esa fue la última vez que se la vio con vida.
El lunes era un día como otro, un día cualquiera. Me levanté algo asustada por el sueño pero seguí. Me lavé los dientes, un poco la cara, tomé dos vasos de agua añorando el mate en el trabajo y salí como siempre a las apuradas. En el colectivo conseguí un asiento y pensé en mi sueño. Siempre me gusta pensar sentada. Pensaba en la historia que me contaba la Lupe. Era la muerte ficticia la que me había tomado hasta las rodillas esta madrugada. Era una muerte que venía desde abajo, desde las piernas, pero pensé en que ni a mí, ni a la madre de la Lupe, la muerte nos había venido por la cabeza. Todo puede seguir funcionando, lo que yo considero esencial, la cabeza, el corazón, y las manos para crear. Esta mañana la muerte solo me había paralizado, pero no detenido, era un micromuerte, la muerte de una parte de algo.
Entonces seguí pensando, en cuántas micromuertes nos inundan todos los días. Cuántas veces matamos todo lo que somos y cuántas veces dejamos morir parte de nosotros, dejando que todo siga así. Cuántas veces morimos sin darnos cuenta. Y cuántas muertes se nos van. Se nos mueren los perdones, los permisos, las reflexiones, las acciones, los pensamientos. Se nos mueren las convicciones, las palabras buenas. Se nos muere la lucha, el otro, la otra. Se nos muere todo aquello que construimos y sin embargo, sin darnos cuenta, seguimos en pie. Hasta que la muerte se nos aproxima por los tobillos, por las rodillas, y nos paraliza.
Se muere todo aquello que dejamos partir. Y creo firmemente en lo bueno de soltar, pero no debemos dejar que se esfume todo lo que somos. Y qué somos, me pregunto, como si nos pudiésemos generalizar. Somos aquello que luchamos por las cosas que creemos que nos merecemos. Y si la lucha sigue en pie, que sirva para todas las luchas. Por eso, en estos tiempos que corren, me aseguro y me sentencio.
No me voy a dejar morir completa, no al menos por ahora.