El reclamo mapuche, una historia de invisiblización e identidades ajenas.

La identidad son preguntas que armamos, desarmamos y rearmamos durante toda nuestra vida, un motor que proporciona la energía que dirige la máquina.

Texto / José Manuel Villarreal
Ilustraciones / Pau Giorgi

¿Qué me gusta? ¿Cómo es mi cuerpo? ¿Qué emociones siento? ¿Cómo es la sociedad en la que vivo? La identidad son preguntas que armamos, desarmamos y rearmamos durante toda nuestra vida, un motor que proporciona la energía que dirige la máquina. Identidad como construcción constante que se hace mirando a un otro y a una comunidad, comunidad con la que comparto una historia en común, determinado sentido de la justicia, ideas sobre el origen, lo semejante y lo ajeno, y muchas creencias que nos condicionan en mayor o menor medida. Así se forma un sentido de pertenencia que nos mancomuna y distingue a ¨los semejantes¨, es decir, “aquellos que son como yo” y de ¨los ajenos¨, o sea ¨aquellos que no son como yo¨ es por esto que decimos que la identidad es fundamentalmente una construcción colectiva, que como tal no está exenta de prejuicios y estereotipos. A este respecto nuestra sociedad argentina a desmerecido históricamente a lo pueblos originarios a costa de construir una identidad alejada de esta raíces, es que, en nuestro imaginario, seríamos todos descendientes de los europeos que llegaron en barco a principios del siglo XX. Idea que, a mi entender, forma parte de un núcleo duro de identidad que impide una revisión profunda de nuestras raíces.
Pienso esto en el contexto actual de la lucha del pueblo Mapuche en el sur, donde la hegemonía capitalista los expulsa enarbolando la bandera de la propiedad privada, mientras nosotros como pueblo, en su mayoría, permanecemos indiferentes en cuanto a acción real y concreta, podemos indignarnos, compartir algún comentario en redes sociales, pero en el fondo no nos sentimos parte del reclamo. es como si nuestro ser nacional, no incluyera a los pueblos originarios, preferimos avalar, más por omisión que por acción, a extranjeros que ostentan títulos de propiedad que a aquellos habitantes ancestrales de nuestras tierras. Creo que en el fondo sentimos que ellos no forman parte de nuestro colectivo, estamos afectados por toda una historia signada por el hito fundacional sarmientista de la supuesta dicotomía entre ¨civilización y barbarie¨, donde los gauchos y los indios de nuestras tierras son considerados un factor disruptivo y criminal en la conformación de nuestro país. Sarmiento dio origen míticamente a nuestra nación Argentina a mediados del siglo XIX, fundando una idea de progreso que mire a los estados europeos como estandarte de la civilización, diciendo explícitamente que había que dejar atrás el pasado supuestamente salvaje de los pueblos autóctonos. Y en este punto la inmigración europea fue el hecho histórico que hemos elegido inconscientemente como el puntapié inicial de nuestra identidad: los inmigrantes europeos han poblado el país y son nuestros ancestros. Así es que se vuelve necesario todo un correlato educativo donde la civilización europea con su historia y su arte son la cultura que debemos saber e interiorizar como nuestra, relegando a un pasado remoto la historia de lo pueblos originarios, como si fuese un estadio superado sin vigencia en la actualidad, parecerían ser pueblos muertos que sucumbieron ante el inexorable avance de la ¨civilización¨.
Todo este disciplinamiento tiene gravadas consecuencias en nuestra percepción de los pueblos originarios, que hoy día siguen representando la barbarie, como clarín los tildó en una nota reciente de ¨violentos que han declarado la guerra a la Argentina y Chile¨ donde los estados nación vuelven a aparecer como símbolos de la civilización, que debe mantenerse apelando a las fuerzas policiales legitimadas por el estado. Todo esto para combatir a la supuesta ¨barbarie¨ y si, hoy día, por lo menos podemos ver algo del reclamo mapuche, aún no podemos sentirlo propio, han sido más de doscientos años de convencimiento y hegemonía, invisibilización que hoy empezamos a derribar para rearmar.