Manifiesto ramera ante la violencia que nos mata

Reaccionamos ante todo el horror al que nos someten desde el día que nacemos mujeres, sis o por elección.

Nos declaramos en estado de emergencia: la urgencia por no darle más lugar al machismo que nos asesina día a día es nuestra obligación.

¿No lo ven? Está en nuestros dientes apretados, en nuestro paso veloz, en nuestros dedos mandando mensajes para avisar si salimos, si llegamos, por dónde vamos, y cuando nos cruzan nos miran y le sonríen a nuestro paso rápido que quiere ser invisible; nos siguen con la cabeza y con la lengua y con la saliva que les sirve para decirnos todas las cosas que les gustaría hacernos.
Una noticia: ya las sabemos a todas.
Siempre es lo mismo lo que quiere la prepotencia del pito parado que todo lo puede hacer, porque es cierto, todo lo puede hacer: quiere rompernos la ropa, y puede, quiere abrirnos las piernas y rompernos el sexo, y puede, quiere apretarnos fuerte la garganta hasta quitarnos la respiración, y puede, quiere golpearnos hasta dejarnos dormidas, y puede, quiere arruinarnos y dejarnos desarmadas, vivas muertas o muertas en vida, y puede. Puede cortarnos en pedacitos y enterrarnos bajo cemento, para después escapar. También puede limitar nuestras posibilidades, condenarnos a ser un objeto de deseo en todos los ámbitos de nuestra vida obligándonos a aceptar, sumisas, nuestro destino de silencio, siempre maternales, siempre suaves y nunca empoderadas.
Somos muchxs lxs que sabemos que todo lo puede porque lo dejamos: la supremacía del pito es la supremacía del macho que la sociedad avala. Y la sociedad somos nosotras, son ustedes.
Los medios de comunicación se masturban con nuestras desapariciones y si aparecemos muertas lo festejan con el falso morbo de la complicidad, la policía cuando no nos mata encubre al que nos mató, el Estado cobarde se ausenta y lxs demás, lxs que no se quieren hacer cargo de tamaña miseria, eligen reírse de nuestras organizaciones, de nuestro activismo, de nuestra voluntad por responder con algo que no sea miedo. El ejemplo de hoy, es el de Araceli Funes: durante los 27 días que los padres reclamaban la aparición con vida de su hija, afirmando que la policía estaba obstaculizando la búsqueda, ningún medio viralizó el reclamo. Si eso, para algunxs, pertenece al plano de lo subjetivo, debemos hablar entonces de la policía, porque el cuerpo descuartizado y enterrado bajo cemento de Araceli fue encontrado en una casa que ya había sido allanada. ¿Cómo pasó? ¿No lo vieron, no estaba ahí, prefirieron no verlo?.
Es incómodo asumir que los femicidios son un problema social y no una serie impresionante de asesinatos particulares, de un loco que violó y mató y una chica que estuvo parada en el lugar y el momento justos para ser cazada. Es incómodo porque entonces tenemos que asumir que todxs somos culpables por perpetuar una norma social que avala la desaparición de las mujeres, y aún más incómodo para un Estado que debe dejar de ser cómplice para hacerse presente: al principal sospechoso de haber asesinado a Araceli lo encubrió toda una fuerza policial, así como a Micaela García la asesinó un violador liberado por orden de un juez, así como a Lucía la mataron entre dos, así como el femicidio de Melina Romero no tendrá juicio, dejando a tres acusados dormir tranquilos.

Tenemos otra noticia: tenemos miedo, pero por sobre todas las cosas tenemos una rabia que crece con cada comentario, con cada silbido, con cada cabeza que mira al costado, que se triplica con cada una de nosotras que aparece muerta, descuartizada o asfixiada pero siempre ultrajada.
Las palabras ahora nos sirven para respirar, para que la bronca no se apodere de nuestro mundo y podamos transformar todo esto en movimiento, en acción, pero no se confundan, esta acción transformadora va a destruir a esta máquina asesina que se llama patriarcado, heteronorma, machismo o como les sea más cómodo llamarle. Y el aullido va a ser tan fuerte que se van a dar cuenta de que el pito que les cuelga entre las piernas y les gobierna la cabeza, solito, no es una espada.
Nuestra fuerza y nuestra unión por un mundo que no nos destruya, sí.