La vida en marrón

Por/ Caléndula Flores

No entendía por qué me había “tocado” ser mamá a mí. Por qué dios o algún comité intergaláctico me habían elegido para tremenda aventura. ¿A mí? Que me subía a colectivos sin saber a dónde iban con tal que me acerquen un poco y terminaba teniendo que tomar otros dos. ¿A mí? Que sólo una vez logré ahorrar pesos y me lo gasté en un cosito para poner yerba que nunca utilice porque odio esa paciencia y habilidad que hay que tener para que el insumo atraviese ese pequeño agujero sin que se cierre la compuertita. ¿A mí? Que me parecía que todos los bebes tenían la misma cara y por eso no comprendía que algunos se tatúen un rostro que bien podría ser el de otro.
Pero con la criatura ya recorriendo los días, la vida, comprendí que más que elegida había sido favorecida; que los dones maternos se van adquiriendo, aprendiendo. Sin embargo, a lo largo de estos 4 años descubrí que tengo un talento para maternar: coraje para todo lo que tenga que ver con la caca.
Al principio, es decir en los primeros días de vida terrenal del pequeño ser amado, la defecación es un momento muy esperado. Padre, madre o tutor se agolpan y disputan cambiar el pañal, aun teniendo un aspecto poco terrenal; y cuando el infante impoluto de pulcritud vuelve a cagarse, se celebra.
Una vez que pasa el entusiasmo y el pequeño desarrolla otras gracias como mirar el más allá, continua excretando y llega la hora de lavar, de lavar caca. Tarea que llevé adelante como un duque. Decisión, practicidad e impunidad.
No se puede meter un osito (así se denominan a las prendas que cubren el total del cuerpecito) con mierda volumétrica en el lavarropa. Habría que también lavar el lavarropa. Tampoco se lo puede incinerar si usted no es ni muy rico ni muy pobre. Así que se abre la canilla al máximo para que la presión del agua extirpe el sorete del pantalón, y se deja correr y correr el recurso natural no renovable para ahorrarnos la utilización de las manos. Sin embargo, esto se vuelve inexorable y se puede optar por empujar la materia fecal por las ranuras de la rejilla o arrojarlo por ahí (difícil decisión puesto que generalmente el inodoro está lejos del lavadero y habrá que llegar hasta allí con el puño bien apretado, y si lo tira al tacho de basura sin envoltorio usted sabrá todo el día que eso está ahí).

De público conocimiento es que el niño crece y el excremento es cada vez más similar al de usted. Y usted o, mejor dicho, yo que estoy cada vez más canchera e impune lo capturo, envuelvo con algo y lo desaparezco hábilmente del contacto social, si es que sucede fuera del hogar y sin pañal. Ahora seguimos celebrando. Ayer hizo en su pelela sin necesidad de “pedir caca”. Hoy se limpió la cola solo y lo supe cuando me mostró su cola limpia.