La libertad de reprimir

La represión a los docentes el día 9 de abril evidenció aún más para quiénes gobierna Macri Gato: quiénes son l*s sujetos de derecho y de quiénes es la libertad son cosas que nos preguntamos en esta editorial.

Cuando tener a los chicos en la escuela se convirtió en una demanda de la opinión pública que superó los reclamos de la lucha docente, fueron l*s propi*s docentes quienes buscaron un nuevo camino de protesta, sin cortes de calle ni paros. La idea fue armar una escuela itinerante para recorrer distintos puntos del país visibilizando el conflicto y también defendiendo la educación pública, enseñando. La respuesta del gobierno de Macri Gato fueron decenas de policías avanzando sobre nuestr*s docentes, bajo la lluvia, con palos y gas pimienta para golpear y detener con una violencia histórica y cobarde.
Y como esta vez no había cortes de calle o capuchas que justifiquen, para algunes, el desalojo y mucho menos la represión, los medios oficialistas levantaron la bandera de defensa del espacio público y del derecho a circular, una bandera que nos obliga como sociedad a tener una discusión más profunda.
¿Cómo visibilizar los conflictos con el gobierno de turno si no es en el espacio público? ¿Cuán público es el espacio si está prohibido apropiarse de las prácticas que deseamos hacer en él y cuán libres somos si tenemos que acatar esa prohibición? Y más urgente aún, ¿Quién es hoy para el macrigatismo el sujeto de derecho?.
La idea de democracia asociada automáticamente a la libertad es tramposa y el lugar de responsabilidad que tiene el Estado para garantizarla también lo es – que esas trampas pueden ser perversas y terroríficas ya lo sabe nuestra historia – pero hoy debemos pensar en qué idea de libertad enarbolan los gobiernos de derecha, o mejor aún, para qué clase social piensan esa libertad. En los últimos años de la política de nuestro país presenciamos un Estado que decidió democratizar a través de la expansión de los derechos humanos, con tres mandatos kirchneristas que en sintonía con el proceso político de la región comprendieron a la libertad como colectiva, debiendo ser garantizada por el Estado y no a pesar de él. Bajo esa forma de entender la libertad y por ello entender la democracia, se formó una generación entera que comprendió que el Estado, a pesar de ser el regulador de todas nuestras obligaciones y prohibiciones, debe ser el que garantice nuestros derechos y es al gobierno que se encuentre en el poder a quién debemos exigírselo.
Mientras esa generación iniciaba su vida política de esa manera, estando en sintonía o no con las ideas del kirchnerismo, mientras la expansión de los derechos humanos se solidificaba cada vez más como política de estado, el sector social más acaudalado y poderoso del país alimentaba su odio de clase.
El domingo por la noche, ese odio cayó sobre l*s docentes desde el Estado y con una de las maneras más oscuras que puede hacerlo en relación a nuestra historia: la represión. Fue una decisión presidencial la de ir y desalojar a los maestros a la fuerza y a los golpes, así como es una decisión mantener el salario de l*s docentes por debajo del índice de pobreza condenándolos a través de los medios de comunicación oficialistas a una opinión pública que prefiere desconocer el conflicto para defender, como dijimos, ideas que tienen que ver con el orden y la tranquilidad: que no haya piquetes, que no haya calles cortadas, que no haya trabajadores de paro.
Es aquí donde la democracia asociada automáticamente a la libertad nos tiende una trampa: para la clase social más poderosa, la que hoy se encuentra al mando del Estado, la libertad no es colectiva. En ese sentido resultan interesantes las palabras de Eduardo Rinesi, filósofo, polítologo y educador, al referirse a los posibles sentidos que abraza el macrigatismo en relación a la democracia, planteando que uno de ellos es “el que la identifica con el orden por oposición al desorden, la subversión o la anarquía y la despolitización del kirchnerismo, reducido apenas a episodio delictivo o criminal. Es decir: la ideas sobre la democracia cuyo origen se remonta a los años de la dictadura y a los del menemismo.”1 Es el mismo sector político que en el 2013 montaba una carpa blanca en contra de una reforma judicial el que hoy, en el poder, manda decenas de policías a golpear maestr*s por montarle un aula a su gobierno.
Lo que viene después de la represión es la legitimación de la violencia por parte del gobierno, con un doble discurso peligroso; el ministro de educación, Esteban Bullrich, dijo al otro día que “para educar es fundamental la paz” y en relación a las palizas y detenciones realizadas por la policía metropolitana afirmó que eso “es parte de educar también”, dejando en claro que si un oficial da una orden debemos obedecerlo. Mientras tanto, la respuesta por parte del sector docente fue realizar un abrazo al Congreso. Entendemos el por qué de las cosas: mientras el pueblo lucha por la ampliación de derechos humanos, una clase social despliega su odio y poder sobre el resto.
En Revista Ramera somos todes jóvenes formados en la Universidad Pública, hij*s de una generación que comenzó a entender el rol del Estado como una pieza fundamental para luchar por nuestros derechos humanos de una forma colectiva. Sabemos lo que pasó antes: el Estado represor asesino que coartó libertades robándose vidas y el Estado liberal que profesó el individualismo, y por eso, defendemos lo construido.
La lectura que hacemos ahora es que para el gobierno de Macri Gato la libertad es privilegio de una clase social que hoy, con la fuerza simbólica a su favor, traduce la libertad en acciones claras: la libertad de reprimir, la libertad de no pagarle a l*s trabajadores un sueldo digno, la libertad de desconocer a un pueblo que pide que sus derechos humanos sean respetados, la libertad de gobernar para sus apellidos y no para una Argentina soberana.