Presente continúo

Por   / M. Pilar Gesualdo

En la esquina de Independencia donde cruza con 9 de julio, una mujer con pelo verde vendía libros. Un cartel rezaba “6 x 20 pesos” pensé que ni para el sanguche le alcanzaba y entre la vergüenza de comprarlos y ese no sé qué en detenerme, me mantuve distante e inmóvil por unos segundos pero se ve que mi postura le llamó la atención a la vendedora y me mando a llamar chiflando, y me acerqué. Desplegó toda la literatura argentina que tenia, me habló un poco de algunos autores y, entre tantos, allí estaba La balada del Álamo Carolina. Elegí once libros más y me los colocó en una bolsita plástica. No vaya a ser cosa que se arruinen los cantos, me dijo. Y con el peso de las palabras compiladas en mi espalda me fui a visitar a Lucia, dos cuadras más adelante.

Al regreso, en el subte, decidí sacar el premio mayor. Leí el primer cuento del mismo nombre, relata la vida de un árbol. Seguramente Conti conocía al filosofo chino Chuang tzu y el sueño de la mariposa. Un hombre que se recuesta a la sombra de un árbol y sueña que es uno.
A continuación lo veo, allí estaba “Las doce a Bragado”. El primer cuento que leí de Haroldo hace exactamente diez años. Pasa que el último año de secundaria vinieron unos tipos de Buenos Aires a decirnos que Conti era de Chacabuco, que había sido un desaparecido en dictadura y que teníamos que leerlo para ayudarlos a construir un mural. Pero para ese entonces yo no entendía bien aquellos conceptos, y no es que yo era ingenua, es que decidieron no contarme parte de la historia en la escuela. Entonces vino Mary, la profesora de literatura, y nos repartió los cuentos y a mí me toco “las doce a bragado”. Me acuerdo que siempre fui algo vaga para leer, lo soy, pero cuando empecé no pude parar de hacerlo como el tío Agustín que no pudo parar de correr. Hablaba del tiempo y de la vejez, de la memoria y los recuerdos y yo me lo imaginaba parecido a mi abuelo. Entonces hice un bosquejo donde el tío Agustín estaba al frente del camino, bien grande con las fosas anchas de la nariz, respirando y sintiendo el olor a tierra mojada, tirada su cabeza hacia atrás y el camino recorrido de fondo, con los brazos extendidos y las patas flacas. A duras penas bosqueje esa idea pero las líneas del dibujo no eran claras y todas las palabras y las sensaciones no las sentí reflejadas ahí, entonces me dio vergüenza mostrárselo a la maestra. Aparte Mary había dicho que Conti no le gustaba mucho. Entonces yo me enoje porque siempre lo tuvo oculto.
Mientras recordaba todo aquello, lo iba leyendo. Devuelta sus líneas brotaban, me distraje y me pase de la estación, me tropecé dos veces y me quede en un banco del subte hasta terminar de leerlo. Dice Conti “yo era pibe entonces y veía al tío, joven, como desde una enorme distancia, a través de nieblas y velos, porque yo estaba por ser, no tenía sombra ni casi historia, era tan sólo presente, pequeño, mero estar y ver sentir a la sombra de los grandes”.
Yo tenía 18 años y entendía un poco menos pero decidieron un día que empiece a entender un poco más. Porque decidieron contarme parte de nuestra historia. Recuerdo como Sabrina se dio cuenta de lo que sentí ese día. Cada vez que ella recuerda a Conti, me recuerda a mí y cada vez que yo me acuerdo de Conti, me acuerdo de ella.
Voy escribiendo tanto, tanto lo que pienso y voy parando por la calle Medrano en todas las esquinas a escribir porque si no escribo lo que siento, siento que lo pierdo, que se disuelve, que se va.

Por eso mañana voy a marchar, porque un día aprendí y no olvido y no se esfuma lo que una vez me enseñaron en la escuela. Por eso fui ayer, por eso voy mañana. Por eso estoy en el medio de los días, presente continúo.
Querido Tío Agustín no pares nunca de correr porque vos sos memoria.