Crónicas de la kiosca | La Pupé

Un día empecé a trabajar en un kiosco 24hs, en el turno de la madrugada. Entraba a las 12 de la noche y salía a las 8 de la mañana. Vi cosas muy flasheras para mí y necesitaba pensarlas, organizarlas, palparlas de otro modo, entenderlas. Llore mucho, porque soy mega dramática. Un día me puse a escribir para no llorar más.

texo / Alejando Paiva

ilustración / Nicolás Pedretti

Vino La Pupé, hace unos días, al kiosco. Nos conocemos desde hace años, cuando ella y yo vivíamos en Punta Alta, en el mismo barrio, a unas cuadras de distancia. También nos cruzábamos en el teatro municipal, el único de la ciudad: ella iba a un taller y yo al que le seguía. Una joven maricona alta, rubia y estridente, que captaba la atención de todo el pueblo. Posta, de todo el pueblo. Creo que tengo la imagen de ella caminando por calle Jujuy, con su pelo lacio al hombro, unos pantalones Oxford a la cintura y un quiebre de caderas inimaginable para nuestro barrio de yuyos, barro y casitas de chapa. Yo caminaba detrás, con saco, corbata y un maletín, yendo a una reunión de los testigos de jehová. El tiempo a veces se pliega de formas muy flasheras.

Preparé mate, puse música y charlamos más o menos lo de siempre. Me contó cosas de los putos de Punta Alta, como si fuera un archivo histórico viviente de la memoria marica y travesti: por dónde se yiroteaba, dónde se cogía, las fiestas, el levante, la zona roja, las travas de aquella época. Casi como un rezo, me contó cosas sobre Madonna. Volvió a repetir la historia de Truth or Dare: que vio una película de ella en inglés, que no entiende nada inglés pero la vio tantas veces que ya se la sabe de memoria, que la vio por primera vez cuando era chica con la videocasetera que le prestaba su abuelo (a veces es el abuelo, a veces el tío). Me reí y le terminé la historia. Estuvimos así un rato largo. Nos reíamos mientras mirábamos chicos que yiroteaban o que se iban de joda, y les gritábamos cosas a los que nos gustaban y ella me contaba sobre Madonna.
Estaba parada al lado de la ventanita por la que atiendo. Yo, medio reclinado para verla mientras gesticulaba como una vedette arriba de un escenario. Las manos en el aire hacían volutas, el pelo se movía de acá para allá. Las expresiones amplias, la mirada profunda.

– Mi pelo ¿cómo lo tengo?
-Divino lo tenés (de verdad lo tenía divino).
-¡Me hice brushing yo sola, marica! – decía, mientras movía el pelo de un lado a otro – Nos tenemos que juntar y te maquillo.

Mientras charlábamos, caía gente a comprar y nos interrumpía. Ella los recibía, los saludaba, les sacaba charla, los piropeaba. Siempre acotaba algo sobre el clima o sobre Macri. Para putearlo, obvio. Era la recepcionista. Un pibe medio se hizo el piola, no sé bien qué le decía. Creo que le dijo algo así como “sos tan literal…” o no sé qué. Ella le respondió, tocándose el pecho con la punta de los dedos y moviendo el pelo para atrás: “Yo soy una metáfora”.

Me repetía constantemente que se iba pero se quedaba.

-Nos tenemos que juntar, marica.

Y yo le decía que sí, que el domingo, que venga a casa, aunque siempre me deja plantada. Ella me decía que teníamos que ir al barcito que está frente a su casa, que la dueña es una travesti vieja que hace karaoke y que mientras “canta” no puede volar una mosca porque si no te mata con la mirada. En eso, cayó un patrullero. Bajo un policía. Ella se había tomado un respiro y estaba escribiendo con un labial rosa chicle I love you, sobre el tamborcito de chapa que está bajo la ventanilla del kiosco. No sé si me lo escribía a mí, a Madonna o a quien. Las líneas eran gruesas, más que escribir parecía que dibujaba. Yo pensaba en sacarle una foto a ese momento: ella, súper concentrada, escribiendo con un labial rosa chicle I love you, y las luces de la madrugada de fondo. El policía la miró y le dijo:

-No podes estar acá vos. Andate para 1 y 64.

No podés, vos, vos no podes, vos no, andáte… medio que todo eso me quedó retumbando en la cabeza. Un eco rítmico. Me da mucha vergüenza escribirlo y recordarlo: no dije nada. Ella tampoco. No pudimos defendernos ni reaccionar, quedamos paralizadas. Nos sostuvimos la mirada todo el tiempo que ella tardó en doblar la esquina, hasta que la pared no me dejo verla más. Antes, ni bien llegó, me había pedido perdón.

– Perdoname si alguna vez te dije algo feo – dijo, sosteniéndome la mano.
– ay, no seas loca – respondí medio para cambiar de tema.
– No, en serio, perdóname. Yo sé que soy loca. Pero estoy tratando de desmostrificarme.

El policía me pregunto si ella estaba conmigo. Yo no sé muy bien donde estaba, en qué pensaba. Creo que estaba en blanco. Le dije que sí, que era mi amiga y que estábamos charlando. Me dijo que por una disposición judicial “ellas” no podían estar acá. Disposición judicial, los vecinos, los buenos vecinos que se creen dueños de todo y que arman patrullas para perseguir insistentemente a todo lo que no les parece, que llaman a la policía porque tienen miedo adentro de sus casas, porque ellos son propietarios, tienen casas, tienen familias. Son unos forros y unos hipócritas.
No sé si puedo agregar mucho más al relato. Por lo menos, nada que me saque esta sensación de bronca y de tristeza. Pero elijo escribirla para saber qué es lo que no quiero: la duda, el miedo y la impotencia también forman parte de esta vida que a veces nos cuesta sostener.
La Pupé se fue y no volvió en toda la noche. Yo me quede parado un rato detrás de la cigarrera, acomodando los cigarrillos lentamente, mirando la calle ya tranquila. En el tamborcito por el que atiendo quedó escrito, en rosa chicle, I love you.