La casualidad de estar vivas

Desde aquí, el único camino que encontramos es político y decidimos dar los pasos en la calle en las casas en las aulas y en los bares, en mi lugar de trabajo y en mis lugares de ocio para estar primero viva y después libre frente a las miserias de este mundo patriarcal que nos exige a todxs dejar de ser ingenuxs, seamos combativxs.

texto / Revista Ramera
ilustración / Agustín Solís Morales

Estamos en el subte volviendo de la marcha tocándonos porque somos muchxs, con los pelos pegados a la cara, con la ropa empapada porque ningún impermeable pudo parar la lluvia y en medio de todo eso una mujer canta un tango, un tanto machista y poco oportuno, y después de ese tango el vagón entero grita ni-una-menos-vivas-nos-queremos; esta seguidilla de contradicciones en la línea H me hace pensar lo mismo que pensé cuando dejé de verles las caras a las mujeres en las redes sociales para ver un dibujo dulce y silencioso: cuando somos muchxs en la calle bajo una misma consigna las cosas se confunden pero qué importante, ahora sí oportuno, que estemos todxs hablando de esto.
Hace un rato traté de ver las caras de todxs lxs que pasaron al lado mío entre las miles de personas que salieron a gritar en las calles que nos queremos libres y vivas, para sentir alivio, porque todavía escucho personas que piensan que la violencia es algo que se elige con diplomacia, algo abstracto en lo que se cree o en lo que no se cree y no algo con nombre y apellido que somete nuestros cuerpos dolorosamente y sin permiso. Yo no quiero pensar la identidad de Lucía, la de Melanie o la de Ángeles como la de la adolescente empalada que murió de dolor, la adolescente violada que apareció descartada en una bolsa de basura, la adolescente asfixiada que pudo resistir la violación pero no la muerte, pero a todas ellas las conocí por muertas: todas muertes hacen que sienta que estar viva sea una estadística, que si un hombre no hizo de mí lo que otros hicieron de ellas sea sólo suerte o casualidad.
Unos días atrás, antes de que a Lucía le quitaran primero la libertad y después la vida, discutíamos si estaba bien o mal responder a la violencia con más violencia, porque parece que pintar una pared es lo mismo que ultrajar a una mujer y ahora, que caminé entre tantas personas que se empoderaron del dolor, pienso que cómo puede ser tan fácil matarnos, si fuimos y somos tantxs levantando los puños y gritando como tribu que ya no vamos a aguantar más vernos desaparecer así, tantas veces tantas muertes tan violentas. Pienso en las que mueren y no se las menciona, las muertas por abortos ilegales, las asesinadas que por pobres no interesan, las chicas trans, las trabajadoras sexuales, las golpeadas y las abusadas y sólo entiendo cómo esta realidad es posible cuando vuelvo a casa y prendo la computadora y leo a un chico enojado porque la vidriera de su gimnasio sport club diagonal norte al que concurre habitualmente ahora dice ni una menos con aerosol dorado y qué desgracia, como es un plotter, va a haber que cambiarlo todo otra vez.
Entonces quiero furia organizada, quiero bronca canalizada en empoderamiento, quiero mujeres hartas y contestatarias y hombres avergonzados de sus privilegios que deconstruyan el macho que les dijeron que tenían que ser. El miedo que tengo miles de veces al año cuando me siento vulnerable no me hace cariñosa como una madre ni rosa y bebota como una nena pidiendo por favor que no me quiten la vida y la libertad, el miedo me da ganas de ser guerrera cuando pienso que mis derechos deberían ser garantías y de pronto ningún grito me alcanza porque puedo hacer un mapa con todas las mujeres que conocí en esta vida y que alguna vez tuvieron que sobrevivir a un hombre abusivo.

Desde aquí, el único camino que encontramos es político y decidimos dar los pasos en la calle en las casas en las aulas y en los bares, en mi lugar de trabajo y en mis lugares de ocio para estar primero viva y después libre frente a las miserias de este mundo patriarcal que nos exige a todxs dejar de ser ingenuxs, seamos combativxs.