Escritos y pensamientos de una pendeja trans de d̶i̶e̶c̶i̶s̶é̶i̶s diecisiete años: un balance

por / Carolina Unrein

 

Así que… es el final del año, es el final del dos mil dieciséis.

Dos mil dieciséis fue para mí un año de descubrimiento, un año de lucha, un año de resistencia. Un año emocionalmente desastroso, con montañas de absoluta felicidad y amor propio, pero también de valles oscuros que funcionaron como puntos turísticos suicidas, muy reminiscentes a mi período pre-transición.
Fue un año en el que escribí mucho, en el que activé, movilicé, sentí, dolí, actué, interpreté, pensé, cambié, dejé, mucho. También fue el año en el que esta pendeja trans de dieciséis años se convirtió en una ahora casi legal versión de sí misma, pendeja trans de diecisiete años.
Este año fue también el primer espectador de mi primera vuelta al sol tomando tetas en forma de pastillas, también conocidas como, estrógeno. Lo que personalmente consideré un acontecimiento digno de festejo, aunque haya tenido que festejar sola, conmigo misma.

Y así lo hice.

Decidí celebrar, primeramente, produciendo como una especie de reparación histórica para mi cuerpo. Yo misma, con mis propias manos, con mi propio dinero, con mis propias herramientas, me corté el pelo. Tuve además la audacia de salir a la calle después de un mes encerrada. Me compré mi primer bikini: luego de tres años transicionando (recién cumplidos, el cual es una razón más para abrir una sidra), me animé a usar traje de baño públicamente, sin remorder ningún labio, ninguna uña, ningún pensamiento. Me tomé el atrevimiento de “reivindicar mi derecho a ser monstruo” y enorgullecerme de una entidad corpórea reflejo de mi misma, mientras intento limpiarla de toda la mierda que tuvo que soportar los últimos tres meses.
Y aquí estoy. Mi cuerpo se moldeó cual plastilina en esta versión más Carolina que nunca. Ya no necesito la tela en la cintura que acomode mis riñones y mi diafragma, el poder de las hormonas fue más que suficiente los últimos siete meses. Mis tetas crecieron, la cola creció. Mis piernas lucen más largas y firmes. Mi piel está más suave, más radiante. Mi vello no existe. Mi comodidad no tiene límites. Y si tendría que sentarme en una habitación vacía, sola, acompañada de mi cuerpo, moriría tranquila a su lado, acariciando su mandíbula, sus clavículas, su cintura, sus tetas, y el cabello, como suelo hacer rutinariamente, cuando necesita un poco de paz.

Después de todo lo que pasamos, mi cuerpo y yo, juntxs este año, y de todas las peleas que tuvimos a lo largo de los últimos meses, finalmente creé una conexión sin precedentes con él que nunca podría haber imaginado. Realmente transitamos una infinidad de etapas como entes que se aman recíprocamente. Y ahora puedo decir que estoy feliz de haberme animado a hablarle, desde un principio, de dar el primer paso, de acomodarme a él y que él se acomode a mí, de prometer quererlo, y de planear una vida juntos, los dos, mi cuerpo y yo.

De formarnos uno.

Con lo increíblemente salvaje que fue el dos mil dieciséis en todos los términos que se le pueda ocurrir a la mente de una, prefiero no imaginar, ni planear, ni prometer nada con respecto al año que viene. Solo deseo que mi relación conmigo misma se mantenga intacta de depredadores patriarcales voluntarios o involuntarios, de armas, de cosas, de pensamientos que atenten contra mi propia integridad como una sujeto que solamente intenta ser feliz (y destruir los sistemas de desigualdad).
Feliz año, y que cuestionen mucho a sus familias en estas felices fiestas que les deseo.

xx,

Caro.-

 

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