Crónicas de la kiosca

texto / Ale Pa

ilustración / Nicolás Pedretti

OBERTURA

Un día empecé a trabajar en un kiosco 24hs, en el turno de la madrugada. Entraba a las 12 de la noche y salía a las 8 de la mañana. Estaba en negro y me pagaban muy poco por estar 8hs durante 6 días a la semana. Los fines de semana eran intensos pero en la semana no pasaba mucho, principalmente entre las 2 y las 6 de la madrugada. Leía, estudiaba, escuchaba música y me colgaba en Facebook. Vi cosas muy flasheras para mí y necesitaba pensarlas, organizarlas, palparlas de otro modo, entenderlas. Llore mucho, porque soy mega dramática. Un día me puse a escribir para no llorar más.

EVA, LA MADRE

Una tipa corre a través de la avenida adoquinada de diagonal 73 con unas botas de taco chino, medias berretas. Está muy borracha y grita mientras corre. Los pies se le doblan con cada paso. La calle esta super vacía y callada, por eso sus gritos tienen más cuerpo. Es miércoles de madrugada. Pienso: o se cae o le explota un tobillo en cualquier momento. Llega a la vereda y no le pasa ninguna de las dos cosas. La mujer sigue corriendo.

Más allá, casi tapada por el pino con luces de navidad que decora la vereda de la panadería, una nena sentada en el suelo con las piernas entre los brazos. El pelo enrulado y sujeto con una colita parece intentar esconderse en el huequito que debe quedarle entre las piernas. No la veo muy bien porque está lejos, es de noche y es muy chiquita. Se levanta de un salto y empieza a correr. Al llegar a la esquina, dobla hacia la derecha, como yendo para plaza Rocha, sin parar ni disminuir la velocidad.

Pegado a la ventanilla del kiosco, un pibe re lindo, de unos 25 años. Vino a comprarme un cigarrillo suelto, me pidió fuego y me saco charla. No tenía ganas de hablarle pero como era lindo me quede en la ventanilla, forzando una sonrisa y asintiendo con la cabeza. Me decía algo así como: “esto me pasa por hacerme el superhéroe”, y un montón más de frases estúpidas, mientras manipula el encendedor, el cigarrillo y la botella de vino que venía tomando. Pensé: “claramente es uno de esos jipis que se hacen los raros”. Pero como era lindo. Desde la oscuridad de la vereda de 61 sale Eva empujando el cochecito, con Antu adentro. Viene gritando/balbucenado cosas raras. Deja el cochecito a media vereda, le dice algo al chico lindo y se va corriendo. El bebé gime y, al rato, se larga a llorar. El pibe lindo deja la botella de vino sobre el tambor que está debajo de la ventanilla, se acerca al cochecito, se inclina y empieza a hablarle al bebé para que se calme. Le dice boludeces. El bebé no para de llorar. Le doy unos caramelos y un chupetín para que lo entretenga.

Los tres planos de la misma imagen se superponen, se entremezclan, se anudan, se enredan. El foco pasea de acá para allá, y después más allá. Va, vuelve, gira, se tilda, viene, va: no hay centro. Pienso fuertemente en muchas cosas, sin palabras, solo con sensaciones como golpes. Pienso en el bebé. Lo miro y, desde acá, lo toco con la mirada. Intento acariciarlo. No puedo salir, dejar el kiosco, abrir la puerta, un peligro, las cámaras graban, me miran, los robos, la muerte, no puedo. Pienso en su angustia. Pienso en la angustia de la mujer que corre. Pienso en la angustia de la niña que corre ¿Hacia dónde podemos correr? ¿Hasta dónde podemos correr? ¿Hasta cuándo podemos correr? Pienso, pienso, pienso. El bebé llora, llora, llora. La mujer grita, grita, grita. La nena corre, corre, corre y puedo imaginar el sonido de sus zapatillas pegándole al suelo para impulsarse. Toda la secuencia se transforma en imágenes fragmentadas, que se convierten en GIF´s en mi mente. Y se repiten mientras suceden. Nada, demasiado miércoles para tanta rosca.

El pibe lindo quiere agarrar la botella de vino pero se le cae al piso y explota con un solo ruido preciso, sin matices ¡PLAF! Por las canaletas de las ásperas baldosas vainilla corre una mancha entre negra y roja. Se amplía en la vereda como un pulmón que respira, que se abre para dejar entrar el aire. El pulmón de la nena que corre y del pibe lindo que fuma mientras le habla al bebé que llora porque la borracha madre grita y persigue a la niña-hija que escapa y corre de ella, de la vida, del mundo, de la miseria, de la calle, de los tipos borrachos que violan, de los colchones gastados y con olor a de todo, de los padrastros drogados que golpean, de la gente cheta y facista que mira mal, que tuerce los ojos y dobla el ceño cuando te miran, de esas miradas, del frío que hace cuando te sentís solo y débil.

La imagen es una hélice. Gira sin parar. La realidad es una tela que, al rasgarse, proyecta vacío. No sé, como que estas palabras, este lenguaje, estos sonidos/dibujos/pixeles son solo un intento. Los pasos de la nena se vuelven un tamborileo, un candombe, una peregrinación permanente que me vibra en el cerebro. Quiero abrazar su angustia pero la ventana, que me permite ver, inmoviliza. La imagen me quita el cuerpo. Imagino a

la nena caminando

una vereda sin tránsito

el silencio se escucha

las manos abrigadas

en los bolsillos de la campera

los ojos hacia el piso pero

proyectándose hacia adentro

del cuerpo

donde la flama ondula

suave y tenue

no sabe

duda

si apagarse o sostener

un poco más

el paso

un poco más.

Unas horas más tarde volvió Eva con Antu. Estaba más rescatada y el gordito hermoso ya no lloraba más. Me miraba con los ojos grandes y sonreía. Eva me pregunta por la rubia. “¿La viste a la rubia? Necesito hablar con ella”. Sola me empezó a contar una historia, medio confusamente, todo entremezclado. “Porque la nena, se fue, no se adónde, se subió a un taxi, yo sé que es feo estar en la calle, se subió a un taxi y se fue, no sé adónde, el otro pibe mío ¿No lo viste? No me contesta, no me quiere ver, no sé adónde se fue, se subió a un taxi y se fue, ¿no viste a la rubia? Yo no soy mala madre”.

Yo me colgué viendo a Antu que sonreía y me miraba. Capaz que se dio cuenta que los caramelos se los di yo y por eso había buena onda. Me miraba y sonreía como el niño-sol que aparecía en los teletubbies. Solo que este no es un niño blanco, peladito y rubio, hijo de una familia bien. Antu es más lindo.

_Yo tampoco creo que seas mala madre, querida.