Foucault y los cinco “chicos” muertos en una fiesta

Un ramero socialmente aceptado como adulto opina: quiénes murieron en Time Warp, qué capital político muere con ellos y, mientras tanto, a quiénes o a qué tratan de matar los “adultos”.

 

 

Foucault hizo una clasificación de las sociedades por cómo se manifiesta el poder: sociedades de soberanía, en las que el poder se manifiesta haciendo morir o dejando vivir a la gente; sociedades disciplinarias y de control, en las que el poder se manifiesta haciendo vivir o dejando morir a la gente.

En mi opinión, esta clasificación no es meramente histórica. Por ejemplo, está afectada por el género, y el femicidio
puede verse como una manifestación de soberanía masculina sobre la mujer, con hombres que tienen el poder de hacer morir a las mujeres, o de dejarlas vivir si acatan sus reglas.  Y en forma generalizada, creo que esta manifestación obedece a cuestiones económicas, a las leyes del mercado, considerando a las personas en sus roles de productores y consumidores de recursos:

En las sociedades agrarias pretecnológicas no existía una garantía de producción de alimentos y recursos necesarios para cubrir las demandas de las poblaciones, y el poderoso controlaba al mercado para erradicar el exceso de demanda. La persona es apreciada como productora “dejándola vivir” y menospreciada como consumidora “haciéndola morir”.

La revolución industrial aseguró la producción de alimentos y recursos suficientes para cubrir la demanda de las poblaciones, y la producción de excedentes que debían consumirse. El poder se manifiesta apreciando a las personas como consumidoras, “haciéndolas vivir”, y menospreciándolas como productoras, “dejando morir” a las que carecen de capacidad de consumo (tras competir entre sí para conseguir trabajo y protestar para que se aprecie a la mano de obra).

Nuestra vicepresidenta, Gabriela Michetti, expresa sus privilegios diciendo “la droga mata a los pobres y a la gente
normal”. Marginaliza a la pobreza como si fuese una minoría, cuando se trata de la gran mayoría, y se ubica a sí misma y a su interlocutor en el lugar de normalidad establecida por la manifestación de poder: “normal” es quien desea y puede consumir, ese a quien hay que “hacer vivir”. Ese que tiene $500 o más para consumir y lo gasta en la entrada de una fiesta electrónica, en la barra comprando bebidas, o comprando drogas “recreacionales”, en especial las diseñadas en laboratorio, que se espera que tengan efecto breve y no sean adictivas ni demasiado perjudiciales para la salud. El pobre es ese al que se lo puede “dejar morir” en un hospital público subfinanciado, o consumiendo
paco, que no es más que el residuo más nocivo de la manufactura de drogas destinadas al consumo de los normales.

Por eso la sociedad se rasga las vestiduras cuando mueren 5 personas “normales”, se moviliza la justicia, se instala el
tema en los medios, se indaga la corrupción policial. Y sí, también nos indignamos cuando nos señalan las muertes por el paco, pero entran dentro de esta concepción de normalidad establecida, entra dentro de lo esperable, con
una mirada fatídica de los normales que no es otra cosa que la aceptación de que se los “deja morir”.

En esa fiesta había unas 15.000 personas, y entre ellas hubo miles que se drogaron, así como suman miles quienes se han drogado de esta forma en fiestas electrónicas desde hace más de una década, y sin que hubiera muertos. Los chicos que mueren por el paco son una estadística, pero bajo el mismo criterio estadístico, 5 entre millares es una proporción ínfima. El problema no fue “la droga”, el problema es que osaron experimentar con una nueva fórmula o un nuevo “corte” usando como conejillo de indias a las personas normales. Si hubieran experimentando en una villa, probablemente no nos habríamos enterado. Probablemente ni siquiera el médico de guardia, ni el legista en la autopsia, notasen la diferencia entre el conejillo de indias y el que murió a causa del paco. Debían haber experimentado con aquellos destinados a que se los “deje morir”.

Luego, entre los normales, se habla de quienes asisten a estas fiestas —y de quienes murieron— como “chicos” cuando son todos mayores de edad. Son hijos, no adultos con libre albedrío. Se los trata como adolescentes pese a que puedan tener 30 años de edad. La adolescencia se extiende hasta los 40, dicen los especialistas, tras caracterizarla como una cuestión de asumir responsabilidades, de capacidad de planificación a futuro, de la permanente dependencia de los padres.

Cabe preguntarse por qué los consideramos chicos. ¿Podemos considerar la actitud de los millennials, de la “generación larva”, de la generación “ni-ni” (ni estudia ni trabaja), una falencia de maduración tal que son chicos? ¿O como una actitud política —por poco clara que sea— de la primera generación con mayor capacidad de acceso a información que sus padres, a partir de la cual cuestionan las planificaciones que se esperan de ellos en pos de promesas de un futuro que ellos verifican que fueron fallidas para sus padres? ¿Cómo esperar que acepten con el mismo tino que aceptamos nosotros a su edad, una fórmula de vida, un modelo de planificación con el que venimos fracasando rotundamente individualmente y como sociedad, cuando ellos tienen más información para cuestionarlos que la que nosotros podemos obtener para manufacturarles una respuesta favorable a nuestras expectativas?

Cabe preguntarse ¿Quiénes son los chicos acá? ¿Ellos o nosotros? Cuando el poder se manifiesta “haciéndonos vivir o morir”, “dejándonos vivir o morir”; cuando carecemos de soberanía sobre nuestros cuerpos, sobre nuestros futuros; cuando el mercado nos controla en masa, acomodando la producción y la venta al dictado de la estadística sobre nuestra conducta;  cuando el marketing y la publicidad se especializan en inducir conductas, internalizando en nosotros el control que nos hace consumidores aptos -en la sociedad de control- ¿No somos todos chicos?

Cuanto más tardan los hijos en ser adultos, en convertirse en padres, más tardamos los adultos en convertirnos en ancianos, en abuelos… en llegar a esa instancia en la que dejamos de ser consumidores aptos, en la que seremos tratados como chicos por nuestros atareados hijos, viviendo en asilos con ellos -ya adultos- decidiendo lo que consumiremos -como si fuéramos chicos. Tratar como chicos a los adultos, tildarlos de adolescentes, alimenta una ilusión de control, de que somos dueños de nuestro presente y futuro, aletarga ese fatídico final, nos resulta conveniente. Más aún ante esas actitudes que no entendemos, ante decisiones de consumo en un mercado que ya nos es ajeno, para el que vamos siendo obsoletos. Un mercado que ofrece nuevas drogas (porque a nosotros también nos drogan, sólo que legalmente), nuevos insumos y recursos, nuevos productos que requieren de nuevas conductas, de nuevas sexualidades, de nuevas configuraciones de lo público y lo privado.

En el camino, los adultos somos cada vez más ineptos para proponer cambios y soluciones, nuestra necesidad de alimentar esta ilusión de control nos encasilla en el rol de consumidores que se espera de nosotros, o en el de ineptos para el consumo que debemos resignarnos a que nos dejen morir. Y en el camino, tratando como chicos a nuestros hijos de 30 años, los anulamos, anulamos su potencial político para contribuir a algún cambio significativo en nuestra sociedad.

Dicen los expertos que hace falta hablarles a nuestros hijos. Se equivocan. Hace falta escucharlos.