Libro Primero: El camino a la cárcel


Desde un penal de la provincia de Buenos Aires, Maylo relata cómo son los días de alguien privado de su libertad en Argentina. Libro Primero no es sólo la manera que encontró para contar las condiciones hostiles en las que deben vivir los presos, sino también, y quizás primordialmente, la manera que encontró para sobrevivir: expresarse.

Presentamos entonces el segundo capítulo de Libro Primero, la voz de Maylo en Revista Ramera.


 

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Amor, odio, traición, robos, drogas, sucio dinero, mentiras, engaño. Siempre quise llamar la atención, prácticamente en todos los sentidos, y por alguna razón que desconocí durante muchos años entré en el mundo de la calle, un mundo extraño y peligroso. Era jovencito, mi futuro no era nada prometedor y dado a mi conducta iba de mal en peor. En pocas palabras, como diría mi ex mujer, hoy por hoy terminaría siendo un negro de mierda.

Los primeros años era todo nuevo, desde el primer cigarrillo que después se convirtió en mi primer porro. Era divertido, era chico y más que plaga era muy inocente y realmente estúpido. Una tarde un flaco que encontramos en nuestras aventuras por la ciudad nos dio una bolsa de cocaína, tomamos de ese polvo por la nariz en una esquina de mi barrio y nos sentimos Súperman, eramos tres amigos, tres estúpidos destinados a vivir la peor mierda de la vida: si hubiese sabido en aquel momento que lo que venía era tan duro, me hubiese quedado en casa a estudiar.

Terminé siendo un adicto como los que se ven en la televisión pero yo tenía doce años. Mi hermanito era más chico que yo y tenía una consola de videojuegos Sega, que incluía una pistola gris de plástico para matar a los patos: las noches en la casa de mamá eran una locura, no dormía mientras todos en la casa sí lo hacían. Eran las seis de la mañana, la luz del amanecer entraba apenas por el gran ventanal del comedor. Caminaba despacio, no hacía ruido en lo absoluto, de lo contrario mamá podía escuchar y retarme. No paraba de tomar, me acerqué descalzo hasta la ventana y agarré la pistola, le arranqué el cable, me dirigí hasta el espejo, mi imaginación era voladora, estaba perplejo en mi figura, cuando siento que por la calle de piedra venía un vehículo, corrí callado esquivando los obstáculos del comedor, llegué a la ventana, vi como un repartidor de pan pasaba haciendo crujir las piedras, quería más coca, no tenía mucho tiempo y ya estaban por empezar a despertarse mis hermanos, salí por la puerta de atrás y corrí tan rápido que sin darme cuenta estaba detrás del hombre que bajaba una bolsa y media de pan. Le apunté en la cara, le pedí el dinero, me lo dio, corrí con todas mis fuerzas como nunca antes, como un ladrón entré en mi propia casa, asustado, sin hacer ruido y abusando de la vulnerabilidad de mi madre soltera. Me reía, tenía el dinero, mi corazón galopaba, había estado al límite pero no me di cuenta que podían haberme volado la cabeza de un balazo.

Todo era muy divertido, parecía que tenía una obsesión con los noticieros, me gustaba, alimentaban mi cabeza con robos que salían en Crónica, mis amigos eran los mejores, éramos una bandita, no respetábamos a nadie, mi poder de decisión no existía así que todo me parecía que sí, que bueno, hagámoslo.

A los pocos años desde aquella mañana mi vida había cambiado. Estaba en la boca de todo blanco. Los los vecinos y mi madre no hacía más que sufrir y tirarse al piso, era buena, era débil, en gran parte creo que algo de ella adentro mío hay.

Ahora las calles eran nuestras, robábamos todo lo que se cruzara por nuestro camino, éramos rebeldes, pero siempre hay peores personajes. Casi 15 años tenía ya desde aquella mañana en la que me paraba frente al espejo con la pistola de plástico. Me encontraba en la casa de una chica cuando la noticia llegó a mis oídos: había salido un joven de la cárcel, era de nuestro barrio, nosotros muchas veces lo habíamos visto pero en ese entonces estábamos jugando a la bolita afuera de un kiosco del barrio.

Le dieron la libertad al gordo. No dije nada, al rato fuimos a la casa y le ofrecimos unas cervezas frías en honor a la calle y en forma de bienvenida; entramos a la casa y nos comimos un asado, la madre le había regalado un Fiat 128 blanco. Esa noche fue muy loca.

Él no robaba repartidores de pan, era asaltante y precisamente le gustaba el dinero, éramos sus seguidores, al cabo de 14 días nos encontrábamos todos en el bar del barrio, el gordo, nosotros tres, Ariel, y su novia que no lo dejaba nunca porque Ariel acababa de salir de la cárcel y si ella hubiese sabido lo que iba a pasar después jamás lo habría dejado subir al auto. Pero fue el mismo Ariel quien no quiso subir, nosotros ya estábamos arriba cuando el gordo sacó de su campera una recortada del 16 y se la colocó en los ojos, incitándolo, diciendo que nosotros los menores éramos más respetados y que teníamos más valor que él. Entonces Ariel subió, algo que nunca tendría que haber hecho.

Después de habernos alejado de nuestro barrio, ya por las avenidas de la ciudad buscando qué robar, nos encontramos con una mujer que estaba trabajando de puta, que buscaba el gordo porque tenía que darle una carta de amor del marido, que había sido su compañero de celda. La maldita puta se asustó, llamó a la policía y sólo pudimos hacer tres cuadras cuando de pronto, de la nada, un patrullero de la bonaerense nos da una señal para que detuviésemos el auto. El gordo enloqueció por unos segundos, mientras decía en voz alta que no quería volver a la cárcel. Para nosotros era risas, estábamos armados, cuando a toda velocidad el gordo sale por la ventanilla y se sienta en la puerta, apoya sus codos en el techo del 504 y tira, una, dos, se mete rápido al auto, inmediatamente respondieron a los balazos, pero una de las primeras balas le da en la nuca a Ariel y sale reventándole la garganta, le
provoca un agujero lo suficientemente grande como para desangrarlo en medio de un tiroteo que duró cuarenta cuadras.

Las balas silbaban mis orejas, el mundo parecía raro, era tan chico y no podía creer que estaba en el piso de un Peugeot color negro acurrucado como si fuera un feto, nos matan, escuchaba, nos matan, la velocidad aumentó y cada cuneta, cada esquina, era un latigazo que nos daba contra el techo, Ariel se estaba muriendo, faltaba poco para llegar al barrio,
cuando de pronto el conductor se tiró del auto en marcha y volcamos en una esquina. No era broma el derrape de los patrulleros, el sonido de las pistolas cuando cargaban y apuntaban hacia nosotros. Abrí la puerta, me arrodillé, sentí
que me pegaban pero no me querían a mí, lo querían al gordo: con la culata de la escopeta le arrancaron los dientes, Ariel murió en aquella esquina. Fue la primera noche de encierro.

Es raro hablar de esa noche, ahí comprendí que una bala sí te saca la vida y que en el momento menos esperado la muerte llega. Esa noche dios nos protegió de todas aquellas balas y fueron muchas. Hoy al
escribir estas líneas, estoy convencido de que no es en vano y que creo que el
que quiere puede cambiar.