Justo esta semana, Ricardo

¿Qué es lo que lleva a una persona a hacer de la fama su anhelo vital? Ricardo Fort emergió como un personaje nuevo que reunía todos los condimentos  y las condiciones para tapar el bache (eternamente existente) en una televisión sin espacios que siempre tiene lugar para cosas y caras nuevas. Hizo del lente de la cámara su leit motiv y fue el encargado de reafirmar la cultura de la frivolidad en una farándula que, frecuentemente, se constituye como el bastión sectorial de un neoliberalismo vetusto pero no lejano. Surgió y murió de la misma forma: fugaz e intempestivamente, pateando la puerta y sin pedir permiso. Ideológicamente incorrecto, marcó una huella y dio que hablar.

 


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Llegó de la nada y a destiempo. A juzgar por lo que representaba, cayó en las garras de la televisión casi 20 años más tarde. Representó todo lo que no queremos ser y lo que criticamos. Pero sedujo y marcó una época dentro de otra época. Hizo de la fama y la fanfarronería sus cualidades fundantes, y no dudó en ostentar para persistir. En retrospectiva, su carrera fue tan efímera como rimbombante, pero siempre siguiendo un hilo conductor: la frivolidad como método disuasivo.

– Estoy en Madrid, papá. No sé, acá me quedaré hasta el viernes y después me iré dos semanas a Miami… – Mientras se colocaba unas botas tejanas antipopulares, Ricardo Fort hablaba por celular en un local caro de la capital española. Allí, rodeado por un séquito de modelos estereotipados, recorría centros comerciales y exprimía su tarjeta de crédito. Como él, no tenía límites y le permitía comprar lo que quisiera.

Cámara en mano, registraba todo a todo momento. Ventilar su cotidianeidad fue una llave de acceso a la carnicería televisiva. Fue, al fin y al cabo, su sentencia de muerte.

Fort Show fue un mediocre reality que se viralizó en YouTube allá por 2009. Un millonario, cuyo apellido delataba su pertenencia familiar, andaba por la vida derrochando y desentendiéndose del contexto que azotaba al mundo. En medio de la peor crisis que el planeta afrontó desde la Gran Depresión, el malquerido chocolatero se daba el lujo de gastar, gastar y gastar. Aunque no en términos financieros, su realidad también sería una burbuja.

Así cautivó e ingresó a la televisión.

A sus gastos desmedidos, sumó relaciones amorosas con las típicas mujeres que frecuentan los programas de la tarde. Llegó a ser el nombre propio que ilustraba el sueño del mediopelo argentino. Por un momento, Ricardo Fort fue sinónimo del combo mujeres + dinero + autos. Una caja vacía e irreal. Tan irreal que a los pocos meses tuvo que reconocer su homosexualidad y desnudar una interna familiar siniestra, que no pudo disimularse en el éxito de la clásica marca del paragüitas.

Precisamente, todo en su vida fue intenso y psicodélico. Por eso Fort fue tan atractivo para la industria del chimento. Era una chispita que siempre se mantenía encendida y que siempre tenía algo que contar.

Del reality pasó a las mujeres. Desde Violeta Lo Ré hasta Érica Mitdank. La mujer de su vida, confesó hasta su último suspiro, fue Virginia Gallardo. Pero se exilió a los 20 años con un pibe en Miami, tuvo hijos con Gustavo Martínez, y murió siendo pareja de un chonguito que jugaba a la pelota.

– Yo hice todo. He tenido relaciones con mujeres, relaciones con hombres, relaciones con mujeres y hombres; fiestas con mujeres, fiestas con hombres… Le contestó Fort a Laura Oliva durante una entrevista. Quería mostrarse como desenfrenado, como un trotamundos de la alta alcurnia que las hizo todas y rompió los protocolos de su clase social.

 

 

Su modo de vida, así como él la pintaba, más que gustar quería corromper. Subyacía, como tiempo después se encargó de contar, una vida familiar llena de resentimientos y desamores. Según su versión autobiográfica, su padre no lo quiso, su madre lo sobreprotegió y la vida lo sobrestimó. Vivió la crazy life a costillas de la vergüenza familiar y jamás quiso ser parte de la dinastía a la que su apellido le daba acceso. El espectáculo —el arte como siempre decía— era lo que él más quería. Pero nunca tuvo suerte o nunca supo cómo manejarse.

Lo cierto es que lejos de ser el cantante “serio” que fue alguna vez a Movete con Georgina, terminó siendo la figurita mediática del momento que deslumbraba andando en Rolls Royce (se compró media docena de esos, dicho sea de paso).

Fort terminó siendo un mediático más. Su abultada billetera no le permitió desentonar. Como todo espécimen de la farándula mundana, sus peleas en el barro televisivo repercutieron en horas y horas de pantalla. Así, llegó a La Meca tan anhelada por los peregrinantes de la televisión: fue participante y jurado de Bailando por un Sueño. Inocentemente, creyó que podría por fin mostrar sus dotes en el prime time de Canal Trece. Pero no. Aquel inefable musical de Evita, donde llegó a personificar al Che Guevara, o la entrada a caballo para serenatear a Virginia Gallardo, quedaron deslucidas por el griterío de los típicos cruces con otros famosos. Desde el bailarín de Paddy Jones hasta la renuncia por su culpa de Reina Reech, un día se cacheteó en vivo con Flavio Mendoza. El radiopasillo dice que eso le cerró las puertas de la emisora de la calle Lima.

A pesar de eso, cometió el error de creérsela y pensarse como un todopoderoso de la TV. Por eso se peleó con Rial e incluso llegó a ser el artífice de una premonitoria pelea entre el conductor de Intrusos y Luis Ventura.

– Ahí sí: donde mi hija venga un día llorando, te pego un tiro en medio de la nuca. Y no me importa, te lo pego. Igual te voy a esperar. Igual la cagada a trompadas no te la saca nadie, Fort. Rezá que no te cruce, rezá. – Le dijo Rial mirando fijo a la cámara un mediodía de finales de Marzo del 2011. Según enunció, el chocolatero había echado a rodar una información inexacta sobre la adopción de una de sus hijas.

Pero esa especie de inmunidad que percibía, también lo llevó a pelearse con Marcelo Tinelli. Y como se creía más que el conductor de Showmatch, se creó su propio espacio televisivo. Con vistas al paradigma norteamericano se creó su propio show de sábado a la noche y encabezó Fort Night Show en los fines de semana de América. Allí condujo, cantó, bailó y entrevistó. Quiso sentirse importante. Cumplió su sueño, dijo, pero como todo en su vida también fue efímero. Inmerso en problemas con los pagos a sus empleados, el programa fue levantado antes de llegar al cuarto mes de emisión. Fue un fracaso.

Después volvió al Bailando. Allí llegó a emular una Cadena Nacional para seguir peleándose con Rial. Hasta interpretaba mal.

Incursionó en teatro y tuvo obras en los centros turísticos más concurridos del país. Todas estuvieron encabezadas por él mismo. También de él salió el solvento artístico y económico. Se gastó, tal como el título de una de sus piezas, una Fortuna. A Carlos Paz arribó con “Mi novio, mi novia y yo” y a Mar del Plata con “Fort con Caviar”, por citar sólo algunos ejemplos.

Nunca almorzó con Mirtha Legrand y esa sin dudas fue su cuenta pendiente. Cada vez que pudo, lo hizo saber y por eso odió a la Señora. Desde la producción de carajo mierda dicen que ella nunca lo quiso sentado al lado suyo. Tampoco llegó a sentarse en el living de Susana. En ese sentido, quizá en el único, la fama le fue insuficiente y esquiva.

Así vivió Fort. Siempre rodeado de multitudes, buscó el cariño que de chico no tuvo, en las masas populares. Quiso ser un rock star y pagó mucho por serlo. Fue todo fantasía y maquillaje. Nunca nada fue espontáneo y siempre se notó que estaba armado. Tenía talento, sí, pero estaba prefabricado.

Una vez quiso compararse con Don Jaime Yankelevich y prometió “traer la televisión digital a la Argentina” en un misterioso proyecto que quedó trunco. Era su propio canal pero nunca vio la luz. Buscaba siempre tener algo nuevo y eso lo llevó a protagonizar papelones. Justamente porque no siempre se tiene algo nuevo para mostrar o decir.

Su cuerpo le pasó facturas y una vez casi murió. Fue durante un verano en La Feliz, donde estuvo internado en un estado gravísimo. Había tenido una peritonitis. Después volvió a la TV en un estado casi cadavérico. Fue todo muy premonitorio.

El 25 de Noviembre de 2013 era feriado por el día de la Soberanía. Todos durmieron un par de horas de más y se desayunaron con la peor noticia: tras sufrir una hemorragia interna, Fort falleció.
Su familia copó el sanatorio y echó a todo el séquito. Para siempre. Novio, amigos, amigas, novias, jefes de prensas y demás personas fueron borrados de un plumazo.

El destino, paradójico, le preparó una mala jugada y no le dio el gusto de ser despedido como se merecía. Ni siquiera tuvo velatorio y pasó su última noche en este estrato, sólo en su féretro.

Durante su entierro, su madre anunció que iba a hacer un show de tangos y vendió un par de CD’s. Gustavo Martínez, el padre de sus hijos, fue el único que lo lloró. En la TV, vía Skype desde Estados Unidos, Rodrigo Díaz hizo lo propio y conmovió a los televidentes de Intrusos.

Y eso fue todo. Como esquirla, hace poco la Justicia ordenó investigar una supuesta mala praxis en su atención médica a raíz de un planteo de la hija de Aschira, María Paloma Fort. Porque Fort también supo ser pariente de la histórica astróloga.

Ayer se cumplieron dos años de la muerte de Ricardo Fort. Y su aniversario se dio justo en la semana que Mauricio Macri se consagró como Presidente. Vaya paradoja, porque Ricardo no dudó en esconder su afín al menemismo y sería más que coherente con la mística que expresa el actual alcalde porteño. ¿Alguien duda de que Fort estaría contento por la decisión popular?

Fort fue fugaz y fue víctima de la TV. No soportó la vorágine y pagó con su vida el costo de querer vivir a ritmo televisivo. Quizá no llegó a ser la estrella que quiso y no pudo ser despedido por una multitud en un velatorio televisado y montado en un teatro. Pero desde donde esté puede estar más que contento, porque se ganó un lugar en la historia de la TV, y cuando se pronuncia su nombre, cuando alguien menciona a Ricardo Fort, instantáneamente rememora alguno de los momentos de magia mediática que brindó.

Fort no pasó desapercibido y se lo extraña. Recordarlo sin dudas es un merecido homenaje.