El Árbol Gualicho

Robert Bontine Cunninghame Graham (1852 – 1936) fue un político, escritor y periodista escocés que a lo largo de su vida viajó por diversos puntos del mundo y recopiló las historias que encontró en diversas publicaciones. Pasó gran parte de sus años en Argentina, donde también murió. En 1902 publicó Success And Other Sketches, una compilación de relatos inscriptos en una Argentina que se estaba convirtiendo en Nación a fuerza de sangre y exterminio de pobladores originarios. Revista Ramera publica la traducción del segundo capítulo del libro, la historia de un misterioso árbol al que algunos le rendían respeto, y a otros les infundía terror.

 

 


Traducción: Joaquín Palomeque

Justo donde la Sierra de la Ventana se pierde de vista y se convierte en una simple ilusión en el horizonte, cerca del segundo aljibe en la larga travesía desértica entre El Carmen y Bahía Blanca; sobre una loma donde hacia el norte la marrón e interminable Pampa ondea un mar de hierba, y hacia el sur la rocosa estepa reseca por el viento se extiende hasta el Río Negro, en soledad se mantiene. No hay otro árbol por leguas a la redonda sobre el pasto tostado por el sol y pellizcado por el frío, con arbustos bajos de carmamoel espinoso y elicui. Un altar, como algunos lo ven, al Gualicho: el espíritu maligno que en la teogonía de las tribus indígenas errantes ha prevalecido sobre el otro espíritu que regula el bien, y todos los sacrificios que hacen caen en su suerte. Un espinillo, dicen unos; un tala o un chafiar dicen otros. Bajo, retorcido e inclinado hacia el noreste por el continuo soplo del Pampero que hace estragos en las llanuras del sur, el árbol, por su posición y crecimiento, parece haber atraído la imaginación de las tribus indígenas desde un principio.

Lo cierto es que en los días anteriores a que el rifle moderno los haya asesinado cobardemente (los asesinos, seguros ante los débiles ataques de lanzas y boleadoras por el rango de alcance de sus armas, y representados como dioses malignos, debido al esfuerzo de los hombres en Liege o Birmingham, quienes al mismo tiempo forjaban sus propias cadenas y ayudaron sin saberlo a matar hombres que nunca habían visto), ningún Araucano, Pampa, Pehuelche o Ranquel cruzó el Árbol Gualicho sin su ofrenda, como atestiguan trabajos sobre la creencia tanto en su majestuosidad, como en su poder.

Los gauchos solían decir que el árbol era el Gualicho encarnado. Siendo cristianos por la gracia del Señor, y por la virtud de algunas gotas de sangre española, hablaban de los indios como aduladores. Los indios no tenían ídolos, y los gauchos en ese entonces y ahora cuelgan imágenes de santos en las paredes de sus chozas bajas hechas de paja en las que una piel de yegua funciona como puerta. Así que, de los dos, los gauchos eran mayores adoradores que sus primos salvajes, a los cuales sin embargo condenaron, como católicos y protestantes se condenan entre sí, seguros en la posesión de su iglesia y su libro, y ambos convencidos de que el otro debe ser condenado.

Así que todos los gauchos sostuvieron firmemente que los indios veían al árbol como a un dios, sin saber que ellos adoraban dos grandes espíritus; uno rigiendo el bien, y el más poderoso controlando el mal, como es natural en todos aquellos que construyen credos.
Antes de que algún gaucho hubiera pasado bajo las montañas de Tandil, los jesuitas conocían las tribus, y el Padre Falkner había escrito sobre las creencias de los Pehuelches y otras tribus que deambulaban por Cholechel hasta Santa Cruz, alrededor de Salinas Grandes, la zona del lago Nahuel-Huapi, y en los bosques de manzanas que bordean los Andes en sus rincones sureños.

De todas las montañas que la fe puede, pero hasta ahora no ha intentado, mover, la imponente cordillera de confusión acerca de las creencias de los otros es aún la más alta sobre la tierra. Así que, para gauchos y renegados (forjados absolutamente en sus propios yunques), que constituían la escoria civilizatoria que flota antes de la inundación del progreso en los espacios de desecho del mundo, el Árbol Gualicho se erigió como objeto tanto de terror como de veneración, del cual no se podía hablar ligeramente, excepto ebrio, o cuando diez o una docena de estos hombres estaban juntos no valía la pena mostrar temor.

Entre los indios, y en la estimación de todos aquellos que lo conocieron bien, el Árbol no era sino un altar en el cual ponían sus ofrendas en libertad, aquellas que sin valor por sí mismas podían, teniendo en cuenta lo ajeno a su propia naturaleza que eran, encontrar aceptación y ser valorados por un dios.

Así que ondeando en la brisa se mantiene, una especie de árbol de Navidad eterno, cubierto por ejes de carros rotos, estribos, latas viejas, pedazos de ponchos desgastados, boleadoras, puntas de lanzas, y pieles de animales, para adoradores a quienes el nombre de Cristianos significa ladrón, asesino e intruso en sus tierras. Ningún indio pasó jamás por el árbol sin colgar algo en sus espinosas ramas para el Gualicho, por su omnipotente malevolencia que era preferible apaciguar, aunque no parecía mostrar ningún discernimiento particular como para calificar las ofrendas que su creyente dejaba en el santuario.
En torno al solitario Árbol barrido por el viento, con sus pintorescas frutas, un grupo de indios acamparon; sus lanzas, veinte pies de largo, clavadas en el suelo; sus caballos cojean y saltan con rigidez, se desviaron para comer. Sus amos mataron una yegua y comieron su carne medio cruda, volcando la sangre como riego del suelo, sus magos (como relata el Padre Falkner) bailan y golpean tambores escondidos hasta que caen en un trance en el cual el Gualicho los visita, y pone en sus mentes lo que los indios deseaban que él debería decir

Los primeros visitantes en la llanura del sur describen al Árbol, que seguía en pie, pero veinte años atrás; parece que hacía que se detuvieran pero como evidencia de la bajeza de los Indios en la escala humana. Si fue eso, o si fue un árbol que elevaba su copa solitaria en una pedregosa planicie, el único objeto que sobresale en el horizonte por leguas a cada lado (una cosa fácil de adorar, o sobre la cual imaginar que un poderoso espíritu la habita), se lo dejo a los misionarios, a los “científicos” y a todos aquellos que, sabiendo muy poco, están seguros de que los salvajes no saben nada, y ven la fe de aquellos como de una naturaleza distinta a la suya. Pero, después de todo, la fe no es en absoluto la única calidad que hace a la creencia. No hay dudas de que los Indios vieron en el Árbol la encarnación de un espíritu de su raza, en toda su soledad y aislamiento de cualquier otro tipo de hombre. Dentro del árbol, de algún modo misterioso debe haber entrado el espíritu de su propia larga lucha con la naturaleza, la tristeza de la Pampa, con sus ruidos salvajes de la noche; sus animales silenciosos, como el guanaco, la avestruz, el mataco, el quiriquincho, y la liebre patagónica; sus bandadas de flamencos rojos; los caballos salvajes como antílopes, y tímidos como ningún otro animal sobre la tierra; el susurro de la hierba pampeana junto a los cursos de agua, donde acechan los pumas y jaguares; el nacimiento de la primavera cubriendo el suelo con verbena roja, y la hierba plomiza que crece en el guadal; los huesos gigantes de extraños animales extinguidos hace mucho que cubren el suelo en algunos lugares; la magia solitaria de los días de verano, cuando la luz tiembla, y de cada tallo partículas lanosas que el viento del norte trae, tiemblan y se estremecen, mientras que el sol golpea: el dios universal adorado desde California hasta Punta Arenas por cada sección de su propia raza.

Para los cristianos también el árbol tiene memorias, pero principalmente como lugar de interés, aunque algunos pocos de ellos, un poco en broma y un poco por la bondad que proviene de la comunicación desde hace tiempo (incluso con los enemigos) no pasaban sin ofrendar una caja de fósforos vacía, un pañuelo sucio, un sombrero sin un ala, o una lata de sardinas vacía; en fin, para acercar la belleza de nuestra cultura y nuestras escuelas de arte a la mente de los Indios.

Al menos un cristiano ofreció su vida debajo de sus ramas, un cazador de avestruces quien, notando la escasez de avestruces, o la caída del precio de sus plumas, o siendo poseído por un extraño deseo de tener un trabajo tonto y regular, se contrató a sí mismo para transportar bolsones de cartas desde Bahía Blanca hasta Carmen de Patagones, el asentamiento más lejano hacía el sur por aquellos tiempos. Como todo el país que él recorría, estaba expuesto a malones de Indios, y habitualmente cuando era perseguido, debía descartar su montura y escapar sin nada (“en pelo”, como dicen los Gauchos). Poco a poco encontró muy caro reponer las monturas que había perdido. Así que las ochenta leguas que solía recorrer “en pelo” lo convirtieron en una parte más de su caballo.  Un cazador de avestruces desde su juventud sabe que un día morirá de una muerte de cazador de avestruces: por hambre, por sed, o por una lanza india. Bien conocía el gran mar interno de hierba verde en el que los hombres solían dormir con sus cara para el lado que tenían que ir, sabiendo que aquel que pierde la huella ya ha condenado su vida, excepto que tenga una difícil y afortunada chance de encontrar una toldería india, para convertirse en esclavo.

Era avezado en los saberes populares sobre el desierto: para reconocer instintivamente todo lo que veía a su paso mientras galopaba la llanura, para seguir el vuelo de las aves, prestar atención a un humo lejano, si los ciervos u otros animales eran tímidos o mansos, para mantener el incesante viento soplando en el mismo lado de su cara, para cabalgar de noche siguiendo una estrella; pero así y todo llegó un día, entre el primer aljibe y el Río Colorado, en el que el caballo y él se cansaron juntos, y como la huella demostró luego, tuvo que guiarlo hasta el segundo pozo, que también encontró seco. Tras largas horas de sed, debe haber divisado el Árbol Gualicho y acercado a él, esperando encontrar otros viajeros con agua; habiendo llegado, y tras colgar sus sacos con cartas en él para mantenerlas seguras, deambuló a su alrededor y aguardó por socorro. Entonces, tras fumar su último cigarrillo y arrojarlo al pasto (donde los tardíos rescatistas lo encontraron), se sentó estoicamente hasta encontrar el destino de un cazador de avestruces.

Una o dos leguas más adelante sobre la huella con la que el caballo había tenido que lidiar, tratando de llegar al agua que sabía debía haber en el río Colorado, y como su maestro, habiendo dado lo mejor, murió en el círculo marrón de hierba seca que el último intento por vivir de un animal moribundo deja sobre la Pampa.

Referencia para los Gauchos deambulantes, altar o Dios para todas las tribus Indias, una curiosidad de la naturaleza para los “científicos” quienes, como Darwin, habrán acampado bajo sus ramas, y para el burlón que mira al mundo medio con tristeza a través de su humor, un espinoso árbol de Navidad, pero no lo suficientemente redimido de ser un poco grotesco cuando, entre sus heterogéneos frutos sostiene una mano humana, un pie, o uno o dos mechones de pelo negro azulado, arrancados de la cabeza de Cristianos en cautiverio; por mucho tiempo se mantuvo en pie.

Tú en el futuro que, partiendo de Bahía Blanca, pasando el Romero Grande, dejas Cabeza del Buey a tu mano derecha, y a la altura del Río Colorado cambias la herbosa Pampa por las pedregosas llanuras del sur, tal vez encontrando agua en ambos aljibes pero llegando al árbol no encontrarás ni ramas cortadas para encender un fuego ni para atar tus caballos y que se rasquen contra la corteza.

Recuerda que fue una catedral, una iglesia, una municipalidad, y el centro de una religión y que la vida de muchos hombres han pasado; y, recordando, piensa en que desde Bahía Blanca hasta El Carmen, fue alguna vez la única y solitaria cosa viva que asomó su cabeza sobre la hierba y los arbustos bajos y espinosos. Así que dejémoslo en pie sobre su loma pedregosa, justo donde la Sierra de la Ventana se pierde de vista, cerca del segundo aljibe, justo en el medio de la travesía. Una referencia natural solitaria si algo más, que alguna vez sostuvo frutos que madurados en la imaginación de una raza salvaje de hombres, que al menos para su virtud tuvieron constancia de fe, jamás alterada por plegarias sin responder; una lápida, puesta ahí por accidente de la naturaleza, para marcar el paso de los jinetes de la luz que se aventuraban hacia Trapalanda; pasando o que han pasado; pero todos tan silenciosamente, que sus caballos sin herrar han cicatrizado una huella en la hierba.