Fuego no camines conmigo

Un lamento patagónico¹


Texto: Melissa Rep | Ilustración: MAPE

 

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Dijeron que llovería recién en abril y llovió el primero de abril. Si Dios existe, es meteorólogo. No caía nada desde el dos de febrero; el verano no tenía fin. Estoy en Bariloche, en la casa de mi adolescencia, y que se repita una buena lluvia que ruede por el techo a dos aguas y riegue los tomates (¡qué manera de chupar, esos tomates!) sería un golazo. Ya es otoño pero el verano no se retira. Desde enero fue verano, duró tres meses enteros, y a eso no estamos acostumbrados. No llovía, no hacía frío, los árboles siguen indecisos para amarillarse –lo único que nos queda de tradicional es el viento. Ahora está más otoñal que antes, pero no alcanza.

Este verano interminable me puse al día con algunas cosas, entre ellas ver Twin Peaks. No sé si existen las casualidades o afilamos las percepciones cuando estamos muy metidos en algo específico, pero este mismo verano anunciaron una  reaparición/reestreno 2016 de la serie, me percaté que un amigo de una amiga lleva tatuado Fuego camina conmigo en un antebrazo y, bueno, y eso me lleva a lo importante: este verano fue, ante todo, el verano del fuego.

Llovió, pero ardió todo. De un lado y del otro de la cordillera. Ardieron los bosques y en Bariloche se quemaron tres casas en pleno centro; los aviones fueron y vineron entre la Argentina y Chile y nosotros en mi casa hasta tuvimos el privilegio de ver las llamas en primera fila, sentados sobre las piedras de la costa del Nahuel Huapi, viendo como el fuego retozaba en los campos de enfrente. A la noche era cuestión de apagar las luces interiores para dejarse iluminar por las hogueras naranjas al otro lado del lago. Era una imagen impresionante, casi bella. En la lente del largavistas las lenguas de diez metros de fuego trataban de trepar encima de los árboles, de sí mismas, de llegar a lo que sea que trataban de alcanzar. Así es el fuego. Trepa, arrasa, despoja.

Ese incendio fue uno de los primeros –empezó en enero y se reactivó un par de veces– y como ya muchos sabrán la Patagonia –a pesar de la lluvia– sigue quemándose, y todo apunta a que empezaron a propósito. Es decir: los incendios son intencionales. Es decir: alguien quiere ver arderlo todo.

Entonces me hago preguntas. Medito. No voy a sacar la carta de local ni a caer en el romanticismo (cuesta), pero no hay nada más lindo que el bosque andino–patagónico. Estamos tan acostumbrados a controlar todo (aunque sería excelente poder controlar el fuego, admito) que la extensión verde intocada nos impresiona y a más de uno, puedo
imaginar, le genera impaciencia. No se puede tener todo. Quemado o no. Es la lección del bosque: te invita a pasar, pero no a quedarte. No te promete nada, sólo la más grandiosa de las bellezas. No entiendo como alguien quisiera quemarlo. No se me ocurre ambición más ambiciosa que pueda ganarle a un campamento a orillas del agua helada, a una trepada por las piedras hasta el mirador, a la luz fresca de la mañana, al perfume a aire eternamente nuevo de los árboles.

Hace unas semanas, en la zona de Valdivia, Chile, con mi familia quisimos pasear por una reserva natural de selva costera. Hermoso el viaje, la costa tempestuosa del Pacífico, los fuertes antiguos. Pero la reserva natural fue una decepción. Llegamos a la entrada, nueva y pomposa, y un chico muy amable nos admitió que los alerces eran pocos, que el bosque nativo había sido conquistado por el eucalipto industrial, y (esto no nos lo dijo, esto ya lo sabíamos) que la industria maderera chilena se comió todo desde el momento en que el hombre europeo llegó a la zona con algunas ideítas. La imagen que yo tenía en la cabeza antes de llegar ahí era la de paredes vegetales altísimas,
de exuberancia, de bosque húmedo al palo, quizás un poco tarzanesco. Un poco como nuestros bosques, en verdad: de coihues y alerces y lengas y ñires y caña y todo tan único. Pero no.

La idea de hacer de todo lo vivo algo útil le quitó a la zona de Valdivia su propia selva, le sacó a su bosque su originalidad. Y esto no es un comentario chauvinista. Chile también perdió hectáreas y hectáreas de bosques y de por sí las demarcaciones del tipo de–este–lado–lo–tuyo–de–este–lado–lo–mío son invención nuestra. Lo tuyo es mío, lo mío es tuyo: se nos está quemando todo, a todos. La desazón es tremenda. En las imágenes aéreas de la zona de Cholila se ven las laderas de las montañas calcinadas, un manto de negro y ceniza que cubre todo, y la angustia que eso nos genera es comparable a la de un corazón roto.

Entonces me acuerdo de nuevo de Twin Peaks. Sé que la serie no trata del fuego, pero contiene aquella idea de que camina conmigo. Yo no quiero que el fuego camine conmigo, y ante todo no quiero creer que los que prenden el  fuego caminan cerca mío, con esas intenciones bajo los ojos y las manos sacando chispas.

 


¹ Ramera me había invitado, en enero, a participar contando mi verano. Me atrasé. Me colgué, no hice la tarea. Ya pedí disculpas, ya le lloré a la redacción, y como quisiera seguir pensando que cumplo con lo que me piden, les mandé este lamento patagónico que podría decirse resume buena parte de lo que pasó este verano en la zona.